Fábula, cuento, fantasía a la menta.

Hay algo que me preguntan a menudo familiares y amigos. ¿Qué encuentras en Marrakech que año tras año decides volver aun pudiendo viajar a otros lugares que aun desconoces? Y la verdad, es escuchar esa palabra y por si sola me arrebata una sonrisa un tanto nostálgica.

La primera vez que volé a la ciudad roja lo hice sin ninguna expectativa, seguramente sólo lo hice para huir del caos en el que mi vida estaba sumida por aquel entonces sin saber que me metía de lleno en otro barullo, aunque esta vez fuera un enredo para los sentidos.

En este primer viaje al continente africano me acompañaba el que ahora puedo decir sin ninguna duda quien fue mi mentor, o más bien, mi inspiración. Para él, su sexta visita a la ciudad amurallada de Marrakech, lo cual resultó ser de gran utilidad para descubrir cada uno de los secretos que la medina guardaba.


 

El número diecinueve es el autobús que te traslada desde el aeropuerto hasta los pies de la emblemática mezquita de la Koutubia, custodiada por altas palmeras, y basta con cruzar esos metros que te separan de la plaza Jemaa el Fna para zambullirte en un mundo totalmente distinto del que venias.

Los sentidos se despiertan ipso factos, inmediatamente. El espacio abierto, que carece totalmente de una arquitectura sensacional como la mayoría de puntos neurálgicos de grandes ciudades europeas, es la plaza que da sentido a todo lo que vino después.

La medina te da la bienvenida con una explosión de estímulos, despertando así todos tus sentidos.

Primeros pasos bajo el seco calor africano, tratando de descifrar la mezcla de especies que aromatiza y envuelve la ciudad. Menta, cilantro, comino, canela…

Isac caminaba seguro de sí mismo, con paso ligero como quien sabe hacia donde se dirige. Por el contrario, yo andaba unos pasos más atrás con los ojos bien abiertos asombrada con la cotidianidad de la gente que convergía en ese punto.

Camiones, carros y carretillas repletos de víveres para abastecer a los múltiples restaurantes que enmarcan la plaza. Hombres, mujeres y niños con la vestimenta típica de un país musulmán. Un paisaje árido y austero teñido en colores tierra, pero a la vez decorado con tejidos y telas de todos los colores. El sonido de unas flautas que no atinaba en encontrar entre la multitud y un par de monos enmanillados y encadenados bajo la sombra de una umbrela.

Isac se detuvo frente a un puesto ambulante de zumos de naranja. Un carro de madera adaptado con toldos para resguardarse del imponente sol. Cargado de estos frutos y botellas de agua. El alegre tendero nos preparó dos grandes vasos y tomándolo entre las manos y mirando a mi compañero entendí que ese momento, ese instante, ese dulce jugo recién exprimido, es el pistoletazo de salida de cualquier escapada a Marrakech.

Era temprano, y desde que habíamos salido esa mañana de Barcelona no habíamos probado bocado, y aunque el zumo engañó por unos minutos a nuestro apetito, pasado un rato nos pedía algo más. Dejándome llevar por mi experimentado guía nos sentamos en la terraza de uno de esos restaurantes con vistas a la pintoresca plaza para degustar por primera vez la gastronomía marroquí. Un lugar sencillo, a pie de calle, con las sillas encaradas al espectáculo de los transeúntes. Nos sentamos al amparo del sol y nos sirvieron en una bandeja distintos dulces con miel, otros recubiertos de azúcar y una tetera de material metálico labrado que contenía el té a la menta del que tanto había escuchado hablar a Isac. Esas masas de auténtico mazapán junto con ese té ahogado en hojas frescas de menta y azúcar de caña retaban a nuestras papilas gustativas que tan adormecidas estaban, acostumbradas a la comida industrializada de la capital.

Tras saciar nuestro apetito y cuando la lona que nos cubría del sol ya no serbia de cobijo nos dirigimos a nuestro Riad “Le secret de Zoraida”, adentrándonos en el laberintico zoco. Estrechas callejuelas, artesanos de todos los gremios, tiendas de souvenirs, lamparas de hierro forjado, alfombras, el olor a cuero, abalorios, cremas y remedios milagrosos, pirámides de especies, tumultos de gente, comerciantes dispuestos al juego del regateo, esquivando ciclomotores e incluso después de algún ofrecimiento del bien conocido hachís marroquí llegábamos frente la sencilla puerta metálica donde estaba grabado el nombre de nuestro hospedaje.

Un chico joven marroquí abrió la puerta con una sonrisa, y supongo que nuestro aspecto delató la procedencia cuando él nos saludó en español. Al cruzar esos muros una sensación de paz y serenidad nos envolvió. Vencido por las gruesas paredes, despareció el alboroto del exterior, sonando una suave música ambiental e impregnando el lugar una fragancia a incienso. Un oasis de paz en medio de ese caos. El joven nos dirigió hasta un patio interior, alcé la mirada hasta el tercer y último piso desde el que colgaba una gran lampara de hierro. Una balaustrada de madera caoba, largas cortinas naranjas, junto con un gran surtido de plantas colgantes decoraban cada piso de ese hermoso paraje. Un el centro, una pequeña piscina, unos sillones tapizados en piel y alguna jaula con algún tímido pájaro que de vez en cuando se escuchaba piar.

Tomamos asiento en las cómodas butacas mientras preparaban la documentación. De nuevo nos brindaron dos vasos de té, ese dulce sabor que nunca antes había probado pero que extrañamente ya sentía tan familiar.

Al salir de nuevo a las entramadas calles uno se sumerge en un aparente caos desorganizado, lejos de la realidad donde todo mantiene un equilibrio natural entre el turismo y la vida local.

Sobre esas adoquinadas calles cubiertas de caña y uralita, con paredes adornadas hasta el último centímetro de colgantes, tejidos o reproducciones de algún modesto artista, descubría una cultura que me enamoraba por momentos, un ritmo frenético en el que me sentía como pez en el agua sin nunca haberlo vivido.

Asombrada caminaba tras Isac sin que el ir y venir de bicicletas y ciclomotores me permitiera estar a su lado.

Visitamos el Palacio Bahia, uno de los puntos emblemáticos de la ciudad donde afortunadamente la sombra de la exuberante vegetación de los jardines dio un poco de tregua al calor, y donde empezó a forjarse mi admiración por el arte Almohade, tan minucioso y elaborado.

De nuevo llegaba la hora de comer y que mejor lugar para hacerlo que en la carismática plaza.

Ahora, a diferencia de la imagen anterior, eran los turistas quien habían tomado el asfalto, las notas musicales de las flautas de algún encantador de serpientes se mezclaban con el reclamo en estéreo de las mezquitas que llamaban a la oración a sus fieles, mientras algún extranjero posaba para una instantánea juntos a los enmanillados primates, y las mujeres ofrecían con un humilde y plastificado catalogo sus trabajos de henna a las más atrevidas.

Ascendimos las escaleras de uno de esos restaurantes que nos llevaban a la terraza con vistas al espectáculo, y con la mirada perdida entre la multitud esperamos que nos sirvieran el típico tajine de cordero con ciruelas y una ensalada marroquí de pepino y tomate cortada tan pequeña que necesitamos comerla a cucharadas. Presentado en cazuelas de barro, destapamos esos cuencos dejando escapar el humeante aroma a Ras el Hanout, el aderezo más utilizado en sus cocinas.

Sin apenas cruzar palabra degustamos el manjar saboreando cada matiz, sintiéndonos privilegiados frente la imagen de un mundo con tanta diversidad.

Tras el suculento almuerzo nos esperaba en el Riad una pequeña muestra de los rituales de los baños típicos, llamado hammam. Bajo una tenue luz y envueltos de vapor, una joven con un don innato en las manos nos frotó el cuerpo con una manopla parecida a una hoja de lija para eliminar impurezas, para después cubrirnos suavemente con aceites esenciales de argán y rosas. Sesenta minutos del más auténtico placer, abandonando nuestro cuerpo y transportándonos a un edén sensorial.

Entre el suave y delicado tacto del albornoz nos servían en el apacible patio uno más de esos tes a la menta…azucarado y dulce momento…

Sin resistirnos mucho caímos rendidos en la gran cama de nuestra habitación, cerrando los ojos mientras las púrpuras cortinas de las ventanas hondeaban con la fina brisa.

El ocaso en Marrakech empieza sobre las seis y media de la tarde, e Isac, experto en la ciudad, me invita a vivir ese momento en el lugar más privilegiado, y como no, ese lugar es nuevamente la bulliciosa Jemaa el Fna.

Al girar el último chaflan de los zocos, nos chocábamos de nuevo con una plaza que con el paso de las horas emergía más y más festiva, creando entre cada uno de los sonidos aislados la banda sonora del lugar más mágico del planeta. En el centro ahora, se sumaban las brasas de los puestos ambulantes de carne, otros de caracoles hervidos, bailarines gnawis, músicos bereberes, charlatanes contadores de cuentos para los más pequeños…

Escalón a escalón, subíamos las tres plantas del Café Glacier desde donde según él se tienen las mejores vistas de la ceremonia. Una terraza panorámica con vistas a la concurrida plaza, las montañas del Atlas y la mezquita de la Koutubia.

Nos sentamos al lado de la barandilla forjada de metal negro y nos sirvieron el clásico te.

Dejando caer los terrones de azúcar en el fondo del vaso, sentí algo que todavía hoy no se ponerle nombre, sentí que el tiempo se detenía aun viendo como la agitada plaza no descansaba. Me senté en esa silla forjada, alargando la vista hasta la cumbre del Atlas, cogiendo aire volví a sentir cada uno de los matices de esa tierra aderezada, mientras el sol, pintando un lienzo con todas las tonalidades anaranjadas se empezaba a despedir tras la alta mezquita. La fresca brisa de la tarde refrescaba mi piel, y alborotando mis cabellos a contracorriente, desee que ese momento fuera eterno.

Un día lleno de emociones, de “primeras veces”. Un día regalado a los sentidos.

 

Y esa es sin duda la respuesta a la insistente pregunta que tantas veces me han formulado. ¿Qué encuentras en Marrakech? Un festín para los sentidos. Un lugar al que huir de mi caos para fundirme en otro dulce caos. Un rincón donde los muros solo guardan bonitas historias.

 

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