Expectativas vs Realidad en la República Maldiva.

Después de un mes recorriendo Sri Lanka con la mochila en la espalda, decidimos terminar nuestro viaje en la paradisíaca república de Maldivas antes de devolverle a nuestras vidas el pesado peso de la rutina y el trabajo en Barcelona.

La lágrima de la India nos había regalado miles de aventuras y experiencias. Descubrimos el país a bordo de un tuk tuk, mezclándonos con la gente local, durmiendo en sus casas, probamos su picante gastronomía, ascendimos sus verdes y húmedas montañas, aprendimos del budismo e hinduismo y nos impregnó su dulce aroma a coco y canela de las hogueras que encendían al atardecer. Un viaje para los sentidos, sin ninguna duda.

La noche anterior aterrizábamos en la capital maldiva y desde allí tomábamos el ferri hacia  Omadhoo, a unas 5 horas hacia el sur. Una pequeña isla paradisíaca de fina arena blanca y palmeras, rodeada de un increíble arrecife de coral. Sus habitantes de religión musulmana nos recibieron con alegría y curiosidad, éramos los únicos turistas en ese pequeño paraíso en medio del océano Índico. Al estar tan alejada no solían recibir muchas visitas.

 

Sonó el despertador  temprano, antes de lo habitual. El plan del día era seguir cumpliendo sueños  y esta vez se trataba ni más ni menos que de explorar el fondo marino de Maldivas, nadar con el gran tiburón ballena, danzar con mantas ralla y quedarnos boquiabiertos ante el abanico de colores de los arrecifes.

Como si nos hubieran inyectado algún tipo de droga, apartamos de golpe la fina sabana que nos cubría del aire acondicionado de la habitación y saltamos de la cama para ponernos el bañador.

Al mirarme en el espejo, desnuda, me di cuenta que hacía mucho que no lo había hecho. Mis piernas estaban llenas de arañazos y picaduras, de ramas y mosquitos. Seguramente había adelgazado tres quilos y ese morado de la cadera no recordaba cómo ni cuándo había llegado allí… Pero era la persona más feliz del mundo, me sentía libre y estaba cumpliendo mil sueños. Ni la contractura de la espalda que de vez en cuando me molestaba al respirar podía  arrebatarme la sonrisa.

En apenas diez minutos nos sentábamos en la terraza de la casa para desayunar. Tostadas, huevos y fruta tropical, un desayuno al que ya me había acostumbrado. Engullíamos al ver al instructor preparar el material para la salida. Un chico  risueño,  de unos veinte tantos, de complexión fuerte y piel oscura que apenas hablaba inglés.  Estábamos nerviosos y expectantes, no todos los días uno tiene la oportunidad de bucear en el paraíso!

Terminamos nuestra fruta, nos calzamos los escarpines y guardamos un par de toallas en la mochila. El día había amanecido radiante y no creí  necesario coger nada de abrigo.

A pocos pasos del hostal se encontraba el puerto donde nos esperaba el capitán y su modesta lancha. Cargamos las aletas y las gafas de buceo, las mochilas y una nevera con bocadillos y refrescos para pasar el día. Nos sentamos en la parte trasera del barco donde con el brazo tendido podíamos tocar el mar.

Se encendió el motor y salimos del muelle dejando a tras el azul turquesa y dando paso al azul marino del Indico.

Divirtiéndonos, las olas nos salpicaban y nos hacían saltar en los acolchados asientos de la lancha. Con una sonrisa permanente, sintiendo el viento en la cara y despeinados, fijábamos la mirada en la línea que separa el mar del cielo.

El verano en esta zona de Asia es inestable, y aunque la predicción del tiempo era buena, no tardaron en aparecer las primeras nubes .Surcamos el mar durante más de una hora y entre risas aparecían los primeros nervios.

Poco a poco ese cielo azul que nos despedía en Omadhoo se tiñó de gris i el turquesa del mar se convirtió en un va i ven de negras olas. Llegado ese punto maldecí mi mala cabeza que no quiso coger el chubasquero.  La brisa se volvió fría, haciéndome cruzar los brazos para sentir un poco de calor y encogiéndome de hombros.

Aminoramos la marcha a unos metros de otro grupo que se lanzaba al mar. El instructor nos advirtió que ese era el punto. Bajo esas oscuras y agitadas aguas nadaba el tiburón ballena.

No era esa la idílica imagen que me había creado de ese momento, cuando desde mi casa soñaba con ello, veía un sol radiante, un mar transparente y tranquilo y como no, una temperatura tropical. Nada que ver con la realidad. Me decepcioné y me quedé sentada unos minutos mientras los demás se lanzaban al agua sin dudarlo. Se alejaban poco a poco desapareciendo de vez en cuando bajo las olas. Yo tenía frio, y el alborotado mar no me mostraba confianza. Tenía varias excusas  para quedarme en la lancha, pero no podía perder la oportunidad de nadar junto a ese gran animal, así que suspiré, me sacudí un poco el frio, me calcé las aletas y me coloqué la máscara y el tubo. Sentada en el borde de la embarcación busqué con la mirada a los míos y me lancé. La corriente era fuerte, movía enérgicamente las aletas pero no sentía que avanzara a penas. El instructor me cogió de la mano y se sumergió, hundiéndome con él me señaló un punto alargando el brazo. Estaba allí, el majestuoso tiburón ballena, nadando tranquilo, ajeno totalmente a nuestra presencia, movía de lado a lado despacio su aleta caudal. Entonces todo cobraba sentido, desapareció el miedo y la inseguridad  y conteniendo la respiración trate de acercarme un poco más a él. Aproximadamente media seis metros, aun así transmitía paz. Nadaba manso, reposado, en el inmenso mar azul, libre y salvaje. No recuerdo cuanto tiempo transcurrió, si fueron cinco minutos o veinte cuando poco a poco desapareció en la profundidad. Estas experiencias son las que uno jamás olvida.

A contracorriente volvíamos a la lancha. El oleaje cada vez era más duro, no daba tregua ni para agarrarse a la escalera. El tiempo empeoraba por momentos y aunque la experiencia con el tiburón había sido increíble, no me seducía nada la idea de seguir navegando hasta el punto de observación de las mantas ralla.

Ahora, mojados, el viento al tomar velocidad  me encogía de nuevo y me envolví con la húmeda toalla. No tardaron en caer las primeras gotas de lluvia. Las nubes formaban una densa capa gris en el cielo augurando una gran tormenta. Esas finas gotas de pronto empezaron a golpear el mar como balas.

Rumbo de nuevo a la isla, teníamos por delante más de una hora de camino. Miraba al capitán i al instructor y parecían tranquilos aunque la lancha chochaba tan fuerte contra las olas que nos movía el estómago de arriba abajo y nos obligaba a cogernos con fuerza a la barra metálica. Imaginé que para ellos eso era habitual y traté de relajarme y entablar una conversación para amenizar el trayecto. Pero era difícil, estábamos completamente calados y con mucho frio. Apreté la mandíbula para no tiritar y en cada salto más se me tensaban los músculos.

Siempre he sentido mucho respeto por el mar y esa situación empezaba a ponerme algo nerviosa.  El bote se movía de lado a lado mientras avanzaba a golpes, y las olas se alzaban por encima de nuestras cabezas mientras la lluvia a penas nos dejaba abrir por completo los ojos.

La expresión del capitán empezó a cambiar. Cogía el timón con fuerza y no desviaba la mirada.

No entré en pánico hasta que de pronto nos vimos envueltos por una espesa niebla que no permitía ver más allá de la proa. Entonces se me cortó la respiración cuando apagaron el motor de la barca y el capitán observó a su alrededor desconcertado. No se veía nada, completamente nada, mientras el oleaje nos movía a su juicio.

Agache la cabeza mirando el suelo incapaz de gestionar las circunstancias. Cerré los ojos i traté de respirar hondo. No podía vencerme el pánico pero  empezaba a  sentir que perdía el control. Sentía las gotas golpear mi piel, cada vez más frías, encogida, seguía incapaz de alzar la mirada. Si alguna vez me había parecido épico morir en alta mar durante un viaje, en ese momento me tragué las palabras. Estaba totalmente bloqueada y física y mentalmente hablando.

El instructor sacó de la mochila su móvil y encendió el GPS con la aplicación de Google Maps, con la intención de localizar alguna isla cercana donde cobijarnos. Me parecía surrealista el método pero si no encontrábamos una salida navegaríamos a la deriva.

Nos miraban i trataban de tranquilizarnos aunque sin éxito. En unos minutos el localizador nos situaba en el mapa e indicaba una pequeña isla local a escasos kilómetros.

Con el motor a baja potencia tratando de mantener la dirección de la flecha de la aplicación avanzábamos a ciegas. La noticia de una isla cercana nos había tranquilizado un poco, pero ahora se trataba de  llegar a ella sin cruzarnos con ningún otro barco perdido.

Avistamos la isla  y la angustia desapareció por completo, suspiramos e incluso sonreímos. Por muy mal que fueran las cosas a partir de ese momento podíamos llegar incluso nadando. Estiré la espalda hacia tras aliviando la tensión acumulada y me froté la cara y el pelo como despojándome de la angustia.

Amarraban la lancha en el embarcadero, y poníamos los pies en tierra firme, reconfortados, mientras andábamos descalzos y empapados hacia el cobertizo de la estación del ferri. Un par de niñas maldivas de unos siete años correteaban por la arena jugando con la lluvia, nadando en los charcos y reían.  Me asombró ver esa secuencia después de nuestra dramática experiencia en alta mar donde me había sentido tan desahuciada. En esa isla había vida, algo que creía que no volvería a ver.

Al entrar la lancha en la isla algún lugareño se acercó. Nos invitaron a pasar a sus humildes  casas y nos sirvieron café y toallas secas. Teníamos la piel de las manos completamente arrugada.

Esa taza de café aguado nos supo a gloria. La prendía entre mis manos como al tesoro más grande mientras el capitán esperaba de pie en la puerta que amainara el temporal.

Viendo desde la ventana como las palmeras se sacudían con el viento, imaginaba cual podría haber sido nuestro destino de estar más lejos de esa isla. Recordé las palabras de otros amigos viajeros al contarme historias sobre sus aventuras por el continente, cuando me advertían sobre la diferencia entre Europa y Asia, en cuanto a clima, seguridad…recordé esas palabras que reafirmé “Asia es otro mundo”, “en Europa vivimos dentro de una burbuja y allí fuera pasan cosas”.

Pasadas dos tazas de café y unos dulces de coco la tormenta cesó, y, aunque el sol no lucia brillante decidimos continuar la marcha hasta nuestro destino.

Subía de nuevo a la lancha mirándola con recelo, desconfiada… Volvíamos al escenario del crimen aunque ahora el mar respiraba mucho más tranquilo.

Volamos sobre las aguas sin apenas cruzar palabra, con prisa y con miedo por no revivir la situación. Sin todavía cantar victoria.

El trayecto se hacía eterno cuando reconocí la isla donde se acumulaban toneladas de escombros para el reciclaje. Esa isla la cruzamos cinco minutos después de salir de Omadhoo por la mañana. Creo que todos la reconocimos porqué a partir de allí volvió el habla, aunque solamente fuera para agradecer que llegábamos sanos y salvos.

Vislumbramos la entrada al puerto y el agua turquesa, el motor de la lancha redujo la velocidad y el capitán se sentó por fin mitigado en su asiento. Amarramos la lancha y cargando de nuevo con los bártulos caminamos hacia el interior de la isla sonriendo irónicamente y diciendo “si, hemos visto al tiburón ballena, si”

Realmente fue una dura experiencia, que hoy visto desde la distancia sigo recordando con miedo por lo que realmente podría haber ocurrido. Pero, ¿qué sería de la vida sin estas aventuras? Todo suma, y de ese viaje volví con la mochila cargada de historias y vivencias que sin lugar a dudas me hicieron más grande.

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2 comentarios en “Expectativas vs Realidad en la República Maldiva.

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